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martes, 23 de septiembre de 2014

Comienza el curso. Jueves 18 Septiembre 2014







A lo largo de la mañana hemos ido llegando a nuestro punto de encuentro.


Yo he quedado con René (que viene desde cerca de Emérita Augusta) y Teresa (que viene desde Barcino) en Madrid (antigua Magerit griega). 

Por mi parte,  yo voy desde Complutum.


La salida de Madrid nos va a retrasar un poco, de forma que, cuando recibimos la llamada de José Ángel para saber dónde estamos, nos pilla aún en camino.


Quedamos en el hotel para comer. 


Allí están los profesores, que se marcharan pronto para terminar los preparativos del curso. 


Nosotros tomamos posesión de nuestros aposentos y quedamos a las 16.50 h para llegar a tiempo al curso.


Y comienza...







PASEANDO ENTRE ROMANOS:

Una jornada en la antigua Roma







Tenemos el honor de escuchar a Raúl González Salinero y a Pilar Fernández Uriel dándonos la bienvenida. 








Nos resumen el curso como una ''descripción de la vida cotidiana en una ciudad romana, y de

cómo eran las gentes que la habitaban, desgranando la jornada desde sus inicios al alba hasta el atardecer en las termas y el anochecer en los banquetes, sin olvidar el paseo por sus calles, el foro y los templos, las viviendas, las tiendas, las tabernas, los espectáculos y monumentos públicos...''



Y nos presentan a Ricardo Mar Medina, profesor de Arqueología Clásica en la universidad de Rovirai Virgilii, que nos va a hablar de




 Al Alba: la vivienda




Tipos de viviendas



La palabra villa en latín, y, por tanto, una "villa romana" en español, puede referirse a una casa romana tradicional, o a una granja en medio de una gran explotación agrícola. 

La palabra ínsula designa lo que nosotros conocemos como un inmueble, un edificio urbano y colectivo, que puede tener hasta cuatro pisos, a veces más.




La casa tradicional



La casa romana tradicional (villa en latín), se organiza en torno a una pieza central, llamada atrium, a la que dan todas las habitaciones de la vivienda.



Entre estas habitaciones están: las cubicula, dormitorios; un triclinium, el comedor; un tablinum la oficina donde el cabeza de familia recibía a los clientes e impartía sus órdenes, abierto a un jardín sencillo o con estanque y columnas que forman un peristilo.



El atrium: la habitación central



La pieza central alrededor de la cual se organizaba toda la vida familiar, tenía en su centro un pequeño estanque (impluvium) que recibía el agua de lluvia por medio de una abertura en forma de embudo (compluvium) practicada en el techo. 

Unas columnas daban apoyo a la apertura, que deja ver la luz del cielo y escapar el humo de los braseros, estufas de bronce situadas en un trípode y que contenían brasas, la única fuente de calefacción de la casa.



Las ventanas eran prácticamente inexistentes, inútiles en una época en que los cristales no se habían inventado todavía. 

El cristal transparente apareció en el siglo I dC, para la fabricación de envases.



Cada miembro de la familia tenía una pequeña habitación, con una cama de madera y un somier de correas de cuero cruzadas, colchones y ropa de cama. 

No había armario, un cofre, donde podían colocar su ropa.







Triclinium: comedor



El triclinium es un comedor con tres bancos. 

Los romanos de las clases altas tomaban su comida principal (cena) en posición semi-reclinada, recostados sobre almohadones frente a una mesa central.



Los romanos de las clases bajas, la gente común, y los esclavos, tomaban su comida sentados con normalidad y sin ceremonia.



Tablinum: oficina




Esta habitación abierta al atrium y al jardín guarda los documentos y los recuerdos de la familia: objetos, retratos de los antepasados, las estatuas se reunían en torno a un altar doméstico llamado lararium. 

La habitación estaba lujosamente amueblada, con el fin de impresionar a los visitantes, clientes, personas con las que el cabeza de familia trataba de negocios. 

Este es también el lugar donde trabajaba, escribía y daba sus órdenes el cabeza de familia.



Casa con jardín y casa con peristilo




La casa romana republicana es sencilla: a menudo se incluye un pequeño jardín detrás de los edificios. 

Hacia el siglo II a.C hace su aparición la casa con peristilo. 

Los medios financieros adquiridos por la conquista de Grecia y Asia Menor difundieron la moda de lujosos jardines y pórticos sostenidos por columnas, con piscinas y estatuas, al estilo griego. 

Estas casas con peristilo nos son bien conocidos por las excavaciones de Pompeya.






Los edificios urbanos




El centro de las ciudades (por ejemplo, Roma, o su puerto, Ostia) estaban ocupados por un tipo de edificio (ínsula), muy similar al que todavía hoy conocemos, con pisos, ventanas a la calle y al patio, una puerta de entrada y las escaleras, rellanos y apartamentos. 

Los más ricos se alojaban en los primeros pisos y los más pobres en los últimos pisos y el ático.


Algunas casas tenían locales que daban a la calle, las tabernae, tiendas donde se vendían los productos cosechados en las tierras del dueño de la casa, o que eran alquiladas a terceras personas.







La mayoría de los habitantes de Roma no vivía en domus sino en apartamentos de alquiler (cenacula), dentro de manzanas de casas (insulae). 

Su aspecto exterior era magnífico, con ventanas y balcones, pero eran de mala calidad e incómodos. 

Su distribución interior era similar a la de los pisos actuales, pero sin cocina ni baño. 

Estas colmenas humanas, fabricadas con materiales baratos y madera, estaban en constante amenaza de hundimiento o incendio.




 
Había también casas fuera de la ciudad. 

Eran las villae. 

Entre éstas se distinguen las que están en el extrarradio de la ciudad, generalmente amplias y suntuosas (villae suburbanae); y las de campo (villae rusticae), dedicadas a la agricultura y la ganadería, que formaban auténticas aldeas.








 Las ciudades conformaron la estructura civil y social de la civilización romana: se centralizaba el comercio, se relacionaban los distintos pueblos conquistados, y, en general se controlaba a la población. 




Modelo de planta de una ciudad tipo romana
Modelo de planta de una ciudad romana







El diseño urbano de las ciudades romanas sigue unas pautas necesarias para el correcto funcionamiento de los servicios públicos y militares.

Básicamente, la ciudad romana está compuesta por una serie de módulos iguales, distribuidos ordenadamente -paralelos y equidistantes- y separados por calles. 


Entre todos forman un conjunto de diseño rectangular que está rodeado por una muralla perimetral con torres de vigilancia. 





Todas las calles son iguales, excepto dos: la que va del norte a al sur -kardo maximus- y la que va del este al oeste -decumanus-, que son más anchas y que terminan en las únicas cuatro puertas que tiene la muralla.

En el cruce de estas dos calles se ubican el foro de la ciudad y el mercado.

Con estos módulos se diseñan los edificios públicos, el anfiteatro -dos módulos de largo y uno y medio de ancho-, el teatro -un módulo-, el mercado -un módulo-, el conjunto del foro -dos módulos-, etc.

Estas normas urbanísticas se desarrollan durante casi 10 siglos, creando las distintas ciudades.
 





http://searches.omiga-plus.com/search/images?qsi=1&q=tipologia%20casa%20romana&p=1&fcoid=4&fpid=2







Diez minutos de descanso, un café en el bar conocido y continuamos.

Ahora es Isabel Rodríguez López, profesora titular de Arqueología en la Universidad Complutense de Madrid, quien nos explica cómo se despiertan en Roma;

Cómo se da una diferenciación social a través de la indumentaria, a través de la diversidad de colores y tejidos, a través de perfumes, aseo, afeitado, maquillajes que señalan la separación social entre individuos





HORA PRIMA: EL DESPERTAR.





Los restos arqueológicos y los testimonios nos han transmitido que la forma de vestir de las diferentes clases sociales, así como de hombres y mujeres tenían bastantes similitudes, dependiendo obviamente de los tejidos y los adornos. Los tejidos más comunes eran: la lana, la seda, el lino y el algodón.






 
El traje más típico romano para hombres era la toga. La toga era un vestido que mostraban los ciudadanos en público. Esa Túnica era de lana y sus mangas llegaban hasta los codos y su borde inferior hasta las rodillas, pero por detrás eran unos cuatro dedos más larga.

Para ceñirla al talle se usaba un cinturón de piel o un ceñidor de cáñamo.

Los soldados vestían una túnica más corta que llegaba hasta por encima de las rodillas

también del mismo color. 
Era un trozo de lana blanca gruesa en invierno y fina en verano.

Su color era generalmente blanco (alba, cándida), sobre todo, en los que aspiraban a la magistratura; de donde se derivó el nombre de candidatos que hoy está en uso en nuestra lengua.









 Toga praetexta. Era la toga adornada con una franja de púrpura, distintiva de los mancebos libres de nacimiento y de los dictadores, pretores, ediles y algunas otras personas instituidas en dignidad.

Toga viril. La que tomaban los hijos de los ciudadanos romanos cuando dejaban la pretexta.

Por lo general, empezaban a usarla a los dieciséis años y desde entonces, eran aptos para ejercer los cargos de la república

Los emperadores ostentaban la toga hecha completamente de púrpura (toga purpurea) o con bordados de oro (toga picta)

Vestirse con la toga era una operación muy difícil debido a la complejidad de los pliegues y a la vuelta que había que dar a un único trozo de tela, según las bandas y bordados se podía identificar la clase de patricio que era y los méritos de su portador. 





 


El manto femenino era la palla. Colocada como un  velo sobre la cabeza era símbolo de viudedad. Algunas veces se sustituía por el supparum, manto ligero que llegaba hasta los pies. 

Utilizaban también el peplo, que era un manto rectangular que se sujetaba al hombro derecho con una fíbula.

La túnica de la mujer llegaba hasta los pies y era tan estrecha por arriba que por abajo. Sobre la túnica solían llevaban la stola, vestido largo de colores variados, bordado en la orilla y sujeto por un cinturón adornado con joyas, un simple cordón o una cinta

con bordados de colores.

Las mujeres como ropa interior llevaban una camisa y una fascia pectoralis para sostener el pecho.

Un peinado a la última moda; joyas rutilantes en los brazos, el cuello y la cabeza; un elegante vestido de seda: todo formaba parte del aderezo personal con el que las damas de la antigua Roma buscaban encandilar en las reuniones de sociedad, en el teatro o al pasearse en litera por las calles de la Urbe. 

Pero había otro elemento de la apariencia personal al que se daba más importancia todavía: el cutis. 





El cuidado de la piel fue una auténtica obsesión de las romanas de clase elevada, y en torno a él se desarrolló un arte del maquillaje no menos sofisticado y lujoso que el de nuestra época.



Los cánones de la belleza romana aconsejaban a la mujer una piel luminosa, sonrosada y, sobre todo, blanca. 

La blancura de la piel era el supremo rasgo de distinción. 

Ovidio, que fue autor de un breve libro en el que daba consejos para aderezar y conservar la belleza del rostro, escribió en su Arte de amar: «Sabréis también procuraros blancura en el rostro empolvándoos». Para lograr ese efecto de blancura se utilizaban diversas sustancias, que se aplicaban sobre el rostro al modo del maquillaje actual. 



 

 Se ha encontrado un bote de estaño del siglo II, herméticamente cerrado y que contenía una crema blanquecina ligeramente granulosa, sin duda usada como maquillaje.


El producto tenía tres ingredientes: lanolina de la lana de oveja sin desengrasar, almidón y óxido de estaño. La lanolina servía de base para la mezcla; el almidón suavizaba la piel, función para la que sigue usándose hoy día en los productos cosméticos; el estaño era el elemento que blanqueaba la piel, y empezó a utilizarse durante el Imperio en sustitución del acetato de plomo, que tenía efectos muy nocivos.



Bajo la toga los hombres y mujeres llevaban la túnica.  

La túnica de la mujer llegaba hasta los pies y era tan estrecha por arriba que por abajo. 

Sobre la túnica solían llevaban la stola, vestido largo de colores variados, bordado en la orilla y sujeto por un cinturón adornado con joyas, un simple cordón o una cinta con bordados de colores.  

La túnica estaba decorada para los hombres con una banda el clavus que según tu estatus era más ancha o más fina. 

La túnica la vestían dentro de casa o en el trabajo, si hacía frío se ponían varias. Los esclavos y plebeyos solo llevaban la túnica.


No había diferencia entre el calzado del hombre y la mujer, salvo en la blandura del pie y en la variedad de colores o de adornos. 


Los tipos de calzado eran tres: las sandalias, los zuecos y los calcei


 
 


Los aderezos y los adornos

 
Los hombres llevaban anillos. 

En la República solían servir como sellos; más tarde en el Imperio se le añadieron a los anillos piedras preciosas estos anillos solían ocupar todos los dedos de la mano. 

Para las mujeres había muchas más cosas tenían una amplia gama de joyas: hebillas, horquillas, anillos, brazaletes, pendientes, collares, pulseras, alfileres, broches,
gargantillas y aros para los tobillos. En su mayoría estaban decorados con piedras preciosas incrustadas.










Peinados

Los antiguos romanos se dejaban crecer la barba y el pelo muy largo; aunque eran muy dependientes de la moda. 
Había momentos que se cortaban el pelo y se rapaban por influencias romanas. 
Se mantenían algunos rituales, eso sí, como por ejemplo la primera barba que se afeitaba un joven debía cortarla un tonsor
Los jóvenes hasta no tener las primeras canas no se la afeitaban ya que era un símbolo de vejez.
Las mujeres se preocupaban mucho de su estética de todo esto se ocupa la ornatrix
El peinado de la mujer durante la República era muy sencillo pero se dificultó con la llegada del Imperio. 
Se hacían trenzas, moños muy complejos, rizos, redecillas, postizos y tintes.




           











Una jornada en la antigua Roma (UNED 2014)



Hola amigos
 



 
 
Estoy en la estacion de Palencia.
 
El curso sobre Roma se clausuró ayer y hoy toca volver a la vida cotidiana...
 
a eso que llamamos normalidad.
 
Durante cuatro dias hemos aprendido sobre la vida diaria de los romanos, 
 
y comparandola con la nuestra hemos aprendido doblemente.
 
Mas de dos mil años despues, la vida continua... seguimos siendo los mismos, 
aunque ahora internet y el wassap han sustituido el papel social que desempeñaban 
entonces los baños, las termas y el foro.
 
 
 
 
 
Estoy esperando mi tren (Me encontré con Mabel que ya subió al suyo 
rumpo a Brigantium) y mientras, intento desahogar mis sentimientos, 
expresar  todo lo aprendido  durante estos dias del curso, 
en esta tablilla (ahora llamada tablet) cuando aún sigo en esa Roma antigua, 
antes de que mi cuádriga (que ahora circula por una via férrea) llegue a recogerme.
 
 
Se retrasa por cierto, y el sol de Pallentia empieza a ponernos nerviosos.
 
Ahora, parece que por fín anuncian su llegada...
 
Hasta ahora, compañeros
 
 
 
 
 
 
 
 
Parece que elegi un carruaje defectuoso que ademas de retrasarse,
anda a trompicones.
 
 
 
Eso nos retrasará en nuestro regreso a Complutum.
 
Como no hay mal que por bien no venga, voy a aprovechar mi viaje accidentado 
para planear y organizar la cronica de ''una jornada en la Antigua Roma''.
 
Jornada desglosada en tres distintos dias, en los que una vez mas, 
constatamos que la Roma antigua no es tan distinta, en esencia, 
de nuestra cultura actual.
 
Pero eso lo iremos descubriendo a través del curso y las excelentes ponencias 
de nuestros profesores.
 
 
 
 
Vamos llegando a Chamartin, en la colonia griega de Magerit. 
 
De allí, he de trasladarme aún a Complutum... donde resido.
 
Por eso... os dejo aparcados en mi tablilla y continúo mas tarde relatando 
 
esta jornada (de tres días) romana.
 

 
 
 
AVE compañeros
 
 
 
 
 

sábado, 28 de junio de 2014

El Templo de Debod por Nacho Ares


El Templo de Debod en Madrid

   | en la revista Enigmas



La construcción de la gigantesca presa de Aswan en Egipto llevó consigo el salvamento de numerosos templos que, de lo contrario, hubieran quedado bajo las aguas del Nilo. Uno de esos pequeños tesoros llegó a España. Se trata del ahora madrileño templo de Debod; un magnífico exponente de la civilización y de los misterios que hicieron mítica a la cultura de los faraones.



Pocos conocen que en España se conserva uno de los templos egipcios más importantes salvados de las aguas de la presa de Aswan a finales de la década de los 60 del siglo XX. No es una réplica, como muchos creen. ¡Es el original! 
En el céntrico Parque del Cuartel de la Montaña en Madrid, muy cerca de Príncipe Pío, puede observarse esta magnífica pieza de la arquitectura tardía faraónica. Fue inaugurado el 20 de julio de 1972 por las autoridades españolas en su nueva ubicación para la cual se acondicionó un terreno especial, conservando la orientación este-oeste original del edificio.
Lo que ha llegado hasta nuestros días del templo de Debod es en realidad una versión “corregida y aumentada” del santuario primitivo, fechado en época meroítica. 
Uno de los soberanos del reino de Meroe, situado antiguamente en el actual Sudán y que durante varios siglos se hizo con las riendas del Valle del Nilo, fue el primer constructor de Debod. 
Su nombre era Adikhalamani (Adijalamani). 
Quizás se trate del Tabirqo que aparece en las listas reales meroíticas y que gobernó el país de los faraones entre los años 200 y 185 a. C. Él fue el constructor de la pequeña capilla que sirvió de núcleo originario del templo actual.
Recientemente acondicionado para su visita, llevando a cabo las técnicas museísticas más modernas, el templo de Debod es un referente obligado para todos los aficionados a la historia y los misterios de la cultura faraónica. 
Por medio de maquetas, vídeos y proyecciones audiovisuales sobre las paredes del templo, el visitante puede acceder al verdadero significado de este espectacular y hasta hace pocos meses marginado edificio.
Centro de peregrinación
Emplazado originalmente a 10 kilómetros al sur de la moderna presa de Aswan, sobre la orilla oeste del Nilo, hace más de 2.000 años el templo de Debod era uno de los lugares de peregrinación más importantes de todo Egipto. 
Aunque originalmente los reyes meroíticos lo destinaron al culto del todopoderoso dios Amón, algunos de los Ptolomeos de los siglos II y I a. C. (en concreto Ptolomeo VI, VIII y XII) engrandecieron la estructura del templo y lo destinaron a los cultos de la diosa Isis, ritos que continuaron años después con las remodelaciones llevadas a cabo por los emperadores romanos Augusto (63 a. C. 14 d. C.) y Tiberio (42 a. C. 37 d. C.). 
Fueron precisamente estos dos soberanos romanos los que construyeron el antiguo embarcadero, hoy totalmente desaparecido, y la vía sagrada que unía el santuario con el río Nilo a través de dos muros paralelos.
Según las investigaciones del Dr. Santiago Montero de la Universidad Complutense de Madrid, el templo de Debod estaba directamente conectado con el de Isis en la isla de Filae. 
La tradición egipcia relata que fue precisamente en Debod en donde la diosa Isis sintió los dolores del parto de su futuro hijo Horus, el dios halcón, concebido como fruto de su relación con Osiris el dios de la muerte.

Como es lógico, el templo ha cambiado mucho su aspecto exterior original si lo comparamos con el que tiene hoy en el madrileño Parque del Cuartel de la Montaña. 
Al igual que todos los santuarios antiguos, el templo de Debod estaba rodeado por un muro que delimitaba el recinto sagrado. 
Dentro de él había diferentes estancias hoy desaparecidas y que estaban destinadas a cubrir las necesidades de alojamiento y almacenamiento de enseres de los sacerdotes que allí vivían. 
Además el templo contaba también con un lago sagrado, ubicado junto al extremo norte del recinto, en el que se llevaban a cabo todas las ceremonias destinadas a recrear el momento del origen del mundo a partir de las aguas del caos.


Un Debod insólito




Algo de especial debió de tener el templo de Debod cuando personajes de la talla de Augusto se acercaron hasta este inhóspito lugar del desierto nubio para honrar a otra de las grandes divinidades que se alojaban en el santuario. 
Me refiero a Mahesa, dios con cabeza de león y de origen nubio que fue identificado posteriormente con el dios Amón. Este detalle que nos puede resultar hoy habitual, que un emperador se acerque a realizar ofrendas a un templo de una de las provincias de su Imperio, resultaba atípico en la figura de Augusto. 

Según cuenta en sus Vidas de los Césares el escritor latino Suetonio (Aug. 93) el propio Augusto se había negado a visitar el Serapeum de Menfis bajo “la excusa de que él adoraba dioses y no ganado”.

También el templo de Debod tiene su lugar especial para el divinizado Imhotep, visir del faraón Zoser de la III dinastía (2600 a. C.) y de quién la tradición decía que había recibido todo su inmenso conocimiento mágico e iniciático por medio de un extraño libro caído del cielo. 

Su imagen aparece grabada en los relieves del templo madrileño confirmando asía la importancia adquirida por esta figura en la época grecorromana.
Hace casi 2.000 años el templo de Debod, al igual que otros santuarios del antiguo Egipto, comenzaba su trabajo mágico-religioso con el inicio del año. 
 
El día 15 de junio, según nuestro calendario gregoriano y en la latitud de Menfis (29° 51′ N, 31° 15′ E), suponía el comienzo del nuevo año. 
Este momento que solía aproximarse a la aparición en el cielo del amanecer de la estrella Sirio, la Sothis de los griegos, era identificado por los antiguos sacerdotes egipcios como el aviso de la diosa Isis que anunciaba el principio de la inundación del Nilo. 

En esta fecha los sacerdotes de Debod subían en procesión la estatua de la divinidad a la capilla de Osiris. Esta habitación se encontraba en el techo del templo, la misma estancia en la que en la actualidad hoy podemos disfrutar de una magnífica maqueta que reconstruye el aspecto original del conjunto. 
El objetivo de esta procesión sagrada no era otro que el de cargar de energía para todo el resto del año la estatua, pieza que en realidad no era más que un simple soporte material utilizado por la esencia del dios para manifestarse.
Esta ceremonia, que también puede observarse en otros santuarios de Egipto sigue siendo un auténtico misterio. 
Conservamos, por ejemplo, en algunos templos de época ptolemaica como el de Horus en Edfu o el de la diosa Hathor en Dendera, representaciones de las pomposas procesiones llevadas a cabo por los sacerdotes hasta la terraza del edificio, ascendiendo por estrechas escalinatas que iban a dar a una capilla osiríaca muy similar a la que podemos encontrar hoy día en el madrileño templo de Debod.


¿El reloj cósmico?

Pero todavía existe un aspecto del templo de Debod que permanece hoy sin una respuesta satisfactoria que colme todos los interrogantes que plantea. 
Me estoy refiriendo a la extraña “rueda” que hay grabada sobre una de las paredes exteriores de la capilla de Adijalamani. 


El misterioso dibujo se encuentra en el muro exterior sur de esta antigua capilla y que hoy supone la pared interior de un corredor ciego que corre de forma paralela a la estrecha escalera que da acceso al piso superior. 
Su estado de conservación es bastante precario. 

Además la iluminación es bastante difícil de lograr lo que supone que con frecuencia este pequeño tesoro pase totalmente desapercibido a los numerosos visitantes que a diario se acercan al templo de Debod.

El dibujo en sí está formado por un enorme círculo en cuyo interior puede verse otro de menor tamaño. Por su parte, los dos círculos están divididos en cuatro porciones iguales, por el corte de dos ejes de coordenadas.


Hasta ahora nadie ha sabido discernir ni la fecha ni el significado de este misterioso dibujo. 

Hasta hace bien poco algunos especialistas lo habían identificado con un gnomon, instrumento que era empleado por los antiguos griegos para medir las horas de la noche, así como el paso de determinadas constelaciones. 

Si bien es cierto que este detalle cuadra perfectamente con la dinámica de trabajo que se seguía en cualquier templo egipcio, recientemente se ha propuesto una hipótesis quizás más desestabilizadora.


En clave de número “pi”

La última explicación viene a decir que la extraña figura geométrica que decora la pared exterior de la capilla de Adijalamani puede ser un mapa celeste compuesto de forma muy esquemática, muy parecido al existente en el techo de la capilla sur de Osiris en el ya mencionado templo de Hathor en Dendera.
Esta hipótesis no es en absoluto descabellada. 






No olvidemos que esa misma pared se convirtió, con la ampliación del templo en época ptolemaica, en la pared norte de una estancia que muy posiblemente sirvió de biblioteca. 
Además se encuentra pegada a la escalera que llevaba a la capilla osiríaca de la terraza, circunstancia que refuerza aún más la idea de que nos encontremos ante una suerte de mapa celeste o zodíaco empleado por los sacerdotes durante sus observaciones nocturnas para seguir el devenir de algunas estrellas o constelaciones. 
 Igualmente, el grabado también posee en la parte inferior de la pared una división en doce secciones iguales formada por trazos equidistantes de 36 centímetros que harían alusión a las doce horas del día y de la noche si hacemos caso a las creencias religiosas egipcias.
Ya sea un zodiaco o un gnomon, hasta ahora solamente podemos aferrarnos a los paralelos existentes. En este sentido, los gnomon medievales que se han encontrado en algunas iglesias son exactamente iguales al de Debod, lo que ya nos está dando un punto de partida bastante sólido en la investigación.

Es cierto que resulta inevitable tener que viajar a Egipto para poder “tocar” de cerca todos y cada uno de sus misterios. Sin embargo, también es toda una suerte poder contar con nosotros con este magnífico regalo del Valle del Nilo, por desgracia prácticamente inédito y del que todavía queda mucho que decir.

Los otros Debod

El templo madrileño fue donado en 1968 por el presidente Nasser al pueblo español en señal de agradecimiento por la labor española en el rescate del templo de Isis en Filae y por los trabajos de la misión arqueológica española del profesor Martín Almagro en Nubia. 
Al mismo tiempo se entregó al Museo Arqueológico Nacional 3.000 piezas procedentes de las propias excavaciones españolas. 
 Pero Madrid no es la única ciudad que ha tenido la suerte de poder contar con un obsequio de estas características. 
Es más, muchos se sorprendieron cuando Madrid recibió el templo de Debod ya que no existía en España ninguna tradición egiptológica que justificara tan soberbio legado. 
Hubiera llamado más la atención si se hubiera entregado a Francia o Inglaterra, países que también colaboraron en las operaciones de salvamento.

El Museo Metropolitano de Nueva York conserva el pequeño templo que Augusto hizo construir en honor de sus dos hermanos, Peteese y Pihor, en Dendur. 
Por su parte, el Rijksmuseum de Leiden en Holanda, alberga desde 1960 el templo romano septentrional de los dos que había en la zona de Tafa. 
Asimismo, en Italia el Museo Egipcio de Turín, institución que alberga la mayor colección de arte faraónico fuera de Egipto (mayor incluso que la británica o francesa), se vio beneficiado con una pequeña capilla, excavada en la roca durante el reinado de Tutmosis III.
Además se entregó a los alemanes por su ayuda la puerta de granito del templo de Ramsés II construido en Kalabsa, descubierta precisamente durante el desmantelamiento del edificio en la década de los 60. 

Hoy la puerta se conserva en el Museo Egipcio de Berlín.

Tuvieron menos suerte
El gobierno egipcio inauguró en 1971, bajo el gobierno de Anwar el Sadat y un año después del fallecimiento de Gamal Abdel Nasser, la Alta Presa de Aswan. 
Con casi cuatro kilómetros de longitud, 980 metros en su base y más de 100 de altura, la presa de Aswan forma un gran lago artificial de más de 500 kilómetros de longitud y 2.000 kilómetros cuadrados de superficie. 


Sus 165 mil millones de metros cúbicos de agua garantizan el regadío necesario para todo el Valle y también el 60 % de la electricidad consumida por Egipto. 

Sin embargo, también supuso el fin de las crecidas del Nilo, sin contar con que 60 mil personas se vieron desplazadas a regiones más altas.

El proyecto de la presa también iba ligado al rescate de numerosos templos entre los que se encontraba el de Debod. Pero no todos corrieron la misma suerte. Santuarios míticos como el templo de Ramsés II en Gerf Hussein, el de Tutankhamón en Faras o el de Tutmosis III en Kumma hoy permanecen bajo las aguas del lago. 

En total fueron 22 los templos que fueron sumergidos, de los cuales 15 se encontraban en ruinas y 7 en buenas condiciones. 

Si bien es cierto que en más de una ocasión se ha planteado poder realizar una visita submarina de los conjuntos, el proyecto, y nunca mejor dicho, siempre ha quedado en papel mojado.

Nacho Ares © 2002











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